Quodlibet

Dionisismo y romanticismo cinemáticos

Medio siglo de Les demoiselles de Rochefort de Jacques Demy (1967)

Por José Manuel Recillas

José Manuel Recillas hace un fino análisis del musical “Les Demoiselles de Rochefort” del director Jacques Demy, con la partitura del recién fallecido compositor Michel Legrand y la supervisión de Agnès Varda.

Este “triunfo cinematográfico”, como lo nombra el ensayista, no pertenece al superficial género del musical, sino que supone una excepción en el que se critica la rigidez de la burguesía y se plantea el anhelo de la vida liberada de la bohemia y el arte de vagar. La íntima conexión entre el jazzístico discurso musical y el colorido discurso cinemático representa la dialéctica entre lo apolíneo de la burguesía y lo dianosico de la aventura. Comience a vagar, lector.

El musical, como el western mismo, es una de las grandes aportaciones del cine estadounidense a la cinematografía, y puede considerársele como una derivación menor e insustancial de la Gesamtkunstwerk wagneriana: la obra de arte total. El musical no tiene ni tuvo jamás semejante aspiración. Antes bien, había y hay algo de fútil, banal, superficial, en presentar bailables uno detrás de otro, como si la vida fuese una fiesta, incluso en el marco general de un drama. Por su naturaleza misma, el musical es un género limitado, y por ello también no para el gusto de todo mundo. Hoy en día, ese género cinemático está en vías de extinción no sólo por el hecho de que el público de nuestros días difícilmente presta atención a coreografías que no duren más de tres minutos, como en los videos musicales, sino por una idea de cierto realismo muy limitado del cine actual –los superhéroes y los filmes de acción no cuentan como tal– que hace poco creíble, y un tanto infantil, pensar que una historia pueda presentarse como una sucesión de escenas bailables.

Otro aspecto que el espectador no debe perder de vista es el año en que la película fue filmada, y cuyo colorido es explicado por éste, pues se trata del célebre verano del amor que hallará su himno ese mismo año con All you need is love de The Beatles.

Una de las excepciones a esa aparente ligereza y superficialidad del género, es West Side Story (1961), de Jerome Robbins y coreografías de Robert Wise, que contaba no sólo con una adaptación muy libre de la historia de Romeo y Julieta, ambientada en la Nueva York underground de las pandillas, sino con la espléndida música de Leonard Bernstein, quien además de haber sido el eterno director de la Filarmónica de Nueva York, fue además un hábil compositor y pianista. Ello le dio al musical –o habría que decir, a este musical en particular–, surgido originalmente de Broadway y después adaptado a la pantalla grande, un tono muy distinto, algo siniestro, ajeno a la frivolidad y los temas casi siempre ridículos y sin mayor importancia, propios del género, todo lo cual lo volvió no sólo el gran éxito que fue y sigue siendo, sino un tono que podría llamarse de verismo, como en la ópera italiana que tan bien conocía Bernstein, si no fuera porque a Broadway nunca le interesó, ni le interesa, la verdad de la realidad.

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Si el musical es un género típicamente estadounidense, resulta notable percatarse su cultivo en otras latitudes, sus similitudes y diferencias, y el abierto homenaje a esa tradición. Es el caso de Les demoiselles de Rochefort (1967) de Jacques Demy, quien había filmado su particular y oscura versión de Romeo y Julieta en Les parapluies de Cherbourg (1964), una obra cinemática que sólo muy libremente podría llamarse un musical, pero que en realidad se halla más próximo al oratorio barroco y clásico, con largos recitativos, algo del todo ajeno al espíritu del musical estadounidense del que proviene. Los colores en esta traslación del mito de amor shakespeareano son una de las mayores contribuciones de Demy al mundo del musical, que lo vincula a su uso en otros musicales como The wizard of Oz (1939) de Victor Fleming, tanto como la espléndida partitura de Michel Legrand, cuya inteligencia para hacer algo más que música para un despliegue dancístico y centrarse más en la creación de una parte ineludible de la personalidad de los personajes, lo coloca en un sitio incluso superior a Bernstein en lo que se refiere a su economía de medios expresivos y meramente musicales. Otro aspecto que el espectador no debe perder de vista es el año en que la película fue filmada, y cuyo colorido es explicado por este, pues se trata del célebre verano del amor que hallará su himno ese mismo año con All you need is love de The Beatles.

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