Quodlibet

Mutatis Mutandis: muerte, misterio, música y montañas.

Por Alan Heiblum

El pensamiento ecléctico de Alan Heiblum nos hace preguntarnos si la música es medicina, si nos hace conscientes del origen común de todos los seres, o si, por el contrario, puede acompañar el odio entre los hombres, a partir de los hexagramas e imágenes simbólicas delI-ChIng.
Este ensayo recorre la música de Alan Hovhaness y sus infinitas composiciones en torno al misterio de las montañas, así como las obras de John Cage, en las que está presente el LIbro de Las mutaCIones; pasa asimismo por la literatura de Philip K. Dick, Pascal Quignard y Franz Kafka. Descubra el sonido de las montañas guiado por el oráculo.

I.

La imagen:
la música que pone en marcha a nuestros ejércitos también aviva a las huestes enemigas.

Si la dispersión es el veneno, la música es el antídoto. En esa batea milenaria de sabiduría que llamamos I Ching, leemos a propósito de la disolución (Hexagrama No. 59, huan):

“Para vencer el egoísmo que separa, el hombre necesita de la fuerza religiosa. La celebración conjunta de sacrificios solemnes y de ritos divinos, que expresan al mismo tiempo la cohesión y la estructura social de la familia y del estado, era el medio empleado por los grandes soberanos para hacer comulgar los corazones con las mismas emociones gracias a la música creada y a la pompa de las ceremonias, y para hacerlos conscientes con ellas del origen común de todos los seres. Así eran vencidas las separaciones y se fundían todas las durezas.”

El origen común de todos los seres. Que todos los hombres son hermanos se escucha una y otra vez en el final de la novena de Beethoven, sin duda la sinfonía más importante de la historia. También es el subtítulo de la notable y combativa Sinfonía 11 de 1960, de Alan Hovhaness (revisada en 1969 y que incorpora música compuesta entre 1928 y 1932).

Pero la potente capacidad de cohesión que la música ofrece no es una panacea. La música que amansa las fieras, también las puede hacer desfilar dóciles al matadero o agruparlas en un escuadrón de la muerte. Este es el tema que el autor del libro Tous les matins du monde, que Pascal Quignard revisa en su ensayo El odio a la música (1996): “Entre todas las artes, sólo la música colaboró en el exterminio de judíos organizado por los alemanes entre 1933 y 1945. Es el único arte requisado como tal por la administración de los Konzentrationslager. Es preciso subrayar, en su perjuicio, que fue el único arte capaz de avenirse con la organización de los campos, del hambre, de la indigencia, del dolor, de la humillación y de la muerte.”

Quignard se hizo las dolorosas preguntas: “¿Por qué la música pudo involucrarse en la ejecución de millones de seres humanos? ¿Por qué profesó un papel más que activo?” Y dio unas no menos lacerantes respuestas:

La música viola el cuerpo humano. Pone de pie. Los ritmos musicales fascinan los ritmos corporales. Contra la música, el oído no puede cerrarse. La música es un poder y por esto se asocia con cualquier poder. Su esencia es no ser igualitaria: vincula el oído con la obediencia. Un director, ejecutantes, obedientes, tal es la estructura que su ejecución instaura. Donde hay un director y ejecutantes, hay música. En sus relatos filosóficos, Platón jamás pensó en distinguir la disciplina y la música, la guerra y la música, la jerarquía social y la música. Hasta las estrellas: según Platón, son Sirenas, astros sonoros productores de orden y universo. Cadencia y compás. La marcha es cadenciosa, los garrotazos son cadenciosos, los saludos son cadenciosos. La primera función –en cualquier caso la más cotidiana de las funciones asignadas a la música de las Lagerkapelle– fue acompasar la partida y el regreso de los Kommandos.

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